martes 5 de mayo de 2009

Recuerda ese día. La sensación de soledad que te envolvió. De lágrimas contenidas en la mirada. De como tu cabeza parecía pesar más de lo normal y tus pies apenas se levantaban del suelo al andar. Recuerda ese momento. Como tu corazón se hizo añicos tan solo con una palabra y como las que salieron después de los tuyos no hacían más que aumentar la distancia que os separaba. Recuérdalo, porque son sentimientos, sensaciones que quedaron ya grabadas dentro de ti, aunque muchas veces las niegues. Forman parte de quien eres, de como temes que de nuevo te hagan daño. De como bajas la mirada tímida cuando parece que estás de más. De como la felicidad que una vez sentiste quedó olvidada tal día como hoy, aunque no te venga a la mente si era jueves o viernes. ¿O quizás miércoles? Podrías saberlo seguro, pero no quieres mirar el calendario, no quieres retroceder ese tiempo atrás porque te sientes más seguro de esta manera. Tiene gracia, crees que estás más seguro cuando eres la persona más perdida que conozco. Tu mirada se queda apagada al mirar a la gente, al mirar lo que te rodea como si nada de lo que hay más allá de ti pudiera existir.

Aquel día moriste. Pero no fue algo físico, ya que todavía estás respirando aquí y ahora mientras no puedes mantener tus ojos del todo abiertos por culpa del cansancio. Te hicieron daño, o quizás te lo buscaste tú. Sabías a lo que te exponías y sabías lo que iba a pasar. Quizás solo buscabas la manera de no arrepentirte más tarde de no haber hecho nada, pero al hacerlo quizás simplemente quisiste acabar con todo lo que te hubiera podido dar algo de felicidad y así estás ahora. Parece casi un cuadro de lo que ocurrió entonces. Diferente lugar, pero casi con las mismas personas que en aquel momento. Y mira que ha pasado tiempo. Pero esta vez ya no tienes los ojos húmedos, ni una sola lágrima parece querer aflorar del interior. Solo la nostalgia del recuerdo. Solo las palabras que quedaron en el aire y que te desgarran el estómago como un animal salvaje sediento de sangre. Últimamente parece que lees demasiadas historias de terror y ya te estás dejando llevar por fantasmas que no existen, o quizás se ecuentren dentro de tu cabeza, escondidos bajo formas que te son familiares: como un beso, como una mirada, como una rabia que te hace consumir enormes cantidades de hidratos de carbono y que solo cuando tu cuerpo ya está en las últimas parece querer aplacarse.

Piensa sobre ello. Reflexiona, si te ves capaz de hacerlo. Porque tu mente ya no se queda tranquila ni delante del televisor. Esos momentos que antes te ayudaban a escapar, a evadirte por las historias de las mentes de otros, ya casi no te hacen efecto. Y digo casi, porque a veces pareces vislumbrar la luz a final del túnel en alguna ocasión en que te vuelves a ilusionar por alguna cosa. Pero dura poco. Ya no hay marcha atrás. Sigues adelante como por inercia, paso a paso, en una constante inactividad en la que disimulas con los demás, pero que es incapaz de sacarte de donde te has metido.

Tu cuerpo tiembla, pero no es por frío, no es por miedo, no es porque te vuelvas a sumergir en la bruma de tus recuerdos donde todo está difuminado, donde apenas los colores se distinguen. Es una sensación que ya te ha pasado antes, que te hace flotar en una realidad no del todo concreta mientras tus ojos divagan intentando centrarse en algún punto para seguir bien el paso. Un paso cuya trayectoria no es demasiado recta, y con el inconveniente de un pinchazo en tu dedo gordo izquierdo que te sube por la pierna como un reloj que te marca el ritmo: tic-TAC, tic-TAC, tic-TAAAAC. Esta vez el dolor ha sido intenso, y ha hecho que te pares un segundo para intentar estirar la pierna y ajustarte el zapato en un intento por seguir en movimiento. El aire apenas te llega a los pulmones, tu sangre se licua y las células de tu cuerpo parecen pedir más de lo que tienes. No es una sensación extraña. Es como estar entre el sueño y la vigilia, el mundo apartado donde te sueles resguardar, donde los pensamientos parecen aislarte del mundo. Pero no te salva. Nada puede hacerlo, porque tú mismo ya no sabes ni lo que quieres dejar atrás. No te importa nada.

Con un suspiro prolongado, en medio de esa semioscuridad, en esa calle solitaria donde apenas las motores de los coches rompen la monotonía del silencio, miras hacia arriba y ves en un cielo donde hasta la contaminación parece borrarlo de estrellas una luna clara y sonriente en medio de todo ese caos: una luz, una guía, un lugar donde poder esbozar una sonrisa y decirse uno que no todo es tan malo, un faro que ahuyenta a los fantasmas, a nuestros miedos.

“A la mierda con todo” susurras por la timidez de que alguien más que tú lo pueda oír y dejas que los pies de nuevo tomen el paso mientras tu cuerpo vacío se funde con la calle y desaparece en medio de sensaciones extrañas.

Descansa ahora pues, ya volverás de nuevo a mí y seré otra vez tu acompañante, tu vigilante nocturno, esa persona que te observa cuando tú no te das cuenta mientras introduces la fina aguja en tu brazo y ese leve pinchazo calma tus temblores y libera tu mirada de la pesadez del cada día. Yo siempre voy a estar ahí, aunque tu corazón intente bombear tan fuerte como para librarse de mí.

Recuérdalo cuando creas que no tienes lugar a dónde volver.

Siempre voy a estar ahí, por ti.

domingo 5 de abril de 2009

No podía dejar de pensar en ello. Cada vez que su mente intentaba evadirse a la cuotidiana realidad, el peso de la culpa le atravesaba el pecho, y su mente se ensombrecía quedando su corazón suspendido en medio de ese vacío sonando, golpeándole el pecho. Se decía que no había ocurrido, y barajaba todas las posibilidades que podrían haber pasado, haciendo esto o lo otro, y se decía que todo estaba bien, pero por muy pequeña que fuera la posibilidad se podía terminar todo, y con ello lo que él consideraba importante: las sonrisas, las felicitaciones, la compañía y las risas con los demás. No podría soportar la mirada y los rumores.

Nunca más lo volvería a hacer, se decía, y sabía que esta vez lo había de cumplir. Se le había escapado de las manos y su vida ahora pendía de un delgado hilo de la telaraña con el que el paso de los minutos, de las horas, de los días, que no dejaba de balancear con él intentado sujetarse y a punto de caer. Ya nada volvería a ser igual, pasara lo que pasara. Nunca más se sentiría la persona inocente que una vez había sido. Tras pasar la línea ya no había vuelta atrás.

Quizás si todo acabara de golpe, de inmediato, ya no le importarían lo que pensara los demás, ya que en el lugar donde estuviera no se sentiría más las voces y las miradas de la gente, ya que de seguro si hay esperanza para los que dejan este mundo a él no le tocaría ningún boleto, y quedaría tan aislado de los demás como se sentía en esos momentos.

La cuenta atrás había comenzado y habría que esperar a ver lo que le deparaba el final de ese tiempo en que no dejaría de culparse y de sentirse como si su estómago lleno de guacamole no dejara de importunarle y de revolverle el cuerpo mientras arrodillado no deja de tener náuseas intentando vaciarlo todo, los pensamientos, el dolor, la pesadumbre.

Lo mejor sería intentar aparcar todo ello y al menos por unos días intentar disfrutar de la que quizás podría ser la última oportunidad de estar tranquilo, pero no podía hacerlo. Eso no era propio de él. Como tampoco lo que había hecho y con lo que quizás se había dejado llevar por el impulso de probar cosas nuevas con ella delante y se le había escapado de la mano derivando a unas serias consecuencias.

La indiferencia no estaba en su manera de ser. Aunque a veces pareciera que pasaba de todo, le costaba dejar las cosas tal cual eran, y necesitaba su dosis de evasión fuera dejándose llevar por ese humo que recorría su garganta hasta sus pulmones y luego volvía a salir por el mismo sitio: el aire caliente, la tos, el temblor de sus manos, era una manera de matarse más lentamente. Aunque en sus manos tenía una más potente y que no necesitaban el valor de saltar desde un tejado o dejarse arrollar por un tren.

En unos días tomaría la decisión. Mientras tanto no dejaría de culparse abandonándose a unos momentos que ya no le proferían ningún consuelo y pidiendo perdón a un Dios al cual hacía ya demasiado tiempo al que no acudía.

viernes 13 de marzo de 2009

Observaba con los ojos entornados el largo cuchillo, su brillo a la luz de la lámpara en medio de la habitación. Gruñó ligeramente. Sentía como la herida le quemaba el costado y la muñeca e hilos de sangre le resbalaban por la mano que tenía libre mientras con la otra intentaba cubrirse de su atacante. Lo odiaba. Se sentía mal y lo odiaba, con esa rabia que uno no puede dejar guardada mezclada con el dolor y la impotencia. Sus ojos ya cansados y con la imagen mezclada con el sudor y el calor, solo le permitían vislumbrar aquella figura medio oscura, medio colorista, inmersa en un prisma de destellos.

El cuchillo volvió a introducirse en su carne atravesando y cortando la mano que lo intentaba detener. El dolor recorrió todo su cuerpo y llegó a su columna con ganas de desquebrajarla e impedirle sentir más. Pero lo sentía, vaya si lo sentía. Y estaba cansado. Cansado ya de todo, de pelear contra lo que irremediablemente sabía que iba a suceder. Caía hacia atrás, las fuerzas ya no le sostenían, y el sudor, la sangre, hacían inconsistente ya el suelo.

No debió hacerlo. Fue un error. En ese descuido sintió como le golpeaban el rostro con el puño y el resto de él cayó ya sin fuerzas sobre el sucio y resbaladizo suelo, sintiendo como la sangre se le pegaba a la cara. Escupió sin remedio la que había llegado a sus labios, y a la que pronto la caliente y húmeda que salía de dentro de él se uniría pronto.

No podía soportar más todo ese cúmulo de sensaciones en ese mundo que apenas ya parecía tener forma. Sentía los golpes en la cara, en el estómago, en las piernas. Golpes hechos con una rabia incontenida. Los sonidos llegaban a su oído apenas ya teniendo significado. O quizás ya no tenían ninguno al salir de esa boca que los emitía. Perdía fuerzas, y solamente el dolor lo traía una y otra vez a la vida a la que ya no quería pertenecer.

Apenas los gemidos quedaban apagados por los borbotones de saliva y sangre que le manaban de la boca y que apenas dejaban hueco para respirar. Aquel aire con olor a muerte, vomitivo y nauseabundo se le introducía a partes dispares por la boca y por la nariz. Estaba en medio de un caos de sensaciones sucias, en una cruel tormenta en medio del océano de la locura y la desesperación.

No tenía escapatoria. Poco a poco las imágenes se difuminaban con las lágrimas que se le resbalaban y convertían su mundo en una sucesión de grises y rojos sin nada de calor. Solamente tenía consciencia de esa risa diabólica que le atravesaba las entrañas por las que se había introducido el cruel instrumento de destrucción. Cuanto antes acabara todo mejor para él.

El corazón le latía fuertemente, mientras ahogados esfuerzos por tomar aire le aplastaban el pecho, o quizás era alguna costilla rota. No parecía que tuviera ya nada sano, y cada vez su cuerpo maltrecho se iba recogiendo como un ovillo a consecuencia de la paliza que estaba recibiendo. No encontraba sentido a nada. Ojalá fuera un sueño, se decía, pero si lo fuera ya hacía tiempo que se hubiera despertado. La sensación de miedo, de impotencia, iba en aumento a medida que el resto de él se apagaba.

En estado de semiinconsciencia se dejaba arrastrar de un sitio a otro mientras solo deseaba el final: un final para él, para el otro, para el resto del mundo. Los remordimientos, la culpa, el pesado lastre que había arrastrado durante tantos años de su vida, ya apenas lo sentía, y parecía esfumarse en medio de todo ese mundo de sombras que poco a poco lo alejaban de su propia realidad.

La rabia y el odio que había enmascarado se le retorcía dentro de estómago e inconsciente de lo que pasaba a cada golpe recibido le crecía. Era como un calor abrasador que le hacía latir el corazón más deprisa con la consecuente perdida de sangre que irremediablemente no dejaba de manar por las heridas. Hasta parecía que el sudor que salía despedido de dentro de él tenía ya de por sí el color rojo. Era el último esfuerzo antes del final, la subida de adrenalina que le explotaba por cada célula de su cuerpo.

En un momento en el que su atacante se detuvo unos segundos para deleitarse con aquel espectáculo grotesco y que a él lo transportaba a una especia de orgasmo psíquico, se abalanzó sobre sus piernas sujetándolas con fuerza e intentando arrastrarlo hacia su mundo, intentando derribar aquella montaña con sus propias manos, aferrándose con fuerza, haciéndole dar pequeños movimientos mientras, primero con un gesto de sorpresa y luego de enfado, se debatía por soltarse.

Pero el suelo no estaba en condiciones. A causa de los restos estomacales, bilis, saliva y sangre con los que se había medio cubierto, hicieron que la pérdida de equilibrio para éste no fuera más que la consecuencia lógica de sus propios actos e inevitablemente cayó. Cayó hacia atrás y la cabeza le golpeó en el respaldo de una silla medio atontándolo. El sonido del metal contra las baldosas manchadas se hizo eco de que ya no tenía en sus manos el cuchillo, y saltando encima de él, lo comenzó a golpear, y a arañar mientras la sangre que le manaba cubría el cuerpo como un manto aterciopelado.

La vista se le iba, los ojos ensangrentados de rabia y furor mostraban un rostro que apenas ya era humano y casi todo animal, una bestia desgarradora cuyos instintos clamaban por la supervivencia, pero sobretodo por matar, por acabar con la cosa, persona, que tenía allí a su alcance. Apenas podía respirar, atragantándose por toda la suciedad que tenía dentro él y que constantemente tenía que vaciar, para poder dejar entrar el aire. El pelo enmarañado, con la sangre seca e incrustada, y cayéndole por todo el rostro le daban un aspecto feroz acorde con tiempos pasados donde la razón brillaba por su ausencia. Alargó el brazo que todavía le parecía responder y con un grito alcanzó entre sus dedos el cuchillo medio cubierto de su líquido vital.

Una mueca extraña se le dibujó en la cara. Alzó el arma hacia sus propios ojos y la observó con detenimiento. Sonrió. Una carcajada oculta entre la bilis parecía querer aflorar de su garganta y con un nuevo grito atravesó el cuerpo arañado y dolorido y que ya no tenía fuerzas para revolverse. Volvió a alzarla y a bajarla de nuevo. Una y otra vez, mientras las convulsiones del otro se iban haciendo cada vez menos pronunciada, hasta que ya no se movió por sí solo, y el último aliento se evaporó en medio de todo aquel aire rancio. Pero eso no le hizo detenerse. Y continuó sintiendo esta vez la sangre ajena en sus manos, salpicándose la cara, manchando el suelo y las paredes mientras un aullido ardiente de rabia y muerte le arrastraba hacia la locura final.

martes 3 de febrero de 2009

Golpeó con la suela del zapato derecho con fuerza en el suelo. No se lo podría creer. ¿Quien coño se creía que era? La rabia de unos ojos grises se confundía con la ira contenida con la que cerraba el puño. Sentía las uñas atravesándole la piel e incrustándose en la blanda carne. Pero el dolor en esas circunstancias era lo de menos. Sentía mucho más el frió que le calaba los huesos. El mismo frío que debería estar sintiendo esa persona en el corazón y al que era inmune.

Faltaban tres días para llegar a diciembre, y ese viernes no había sido como los otros, ni como ningún día que hubiera conocido antes. El cielo no era tampoco el mismo. Hasta el mismo aguanieve que cayó la noche mientras se dirigía con torpes pasos a la parada debidos a una cantidad un poco por encima de lo que solía soportar de alcohol parecía querer arroparle, hacer que se quedara fascinado ante el espectáculo de las luces del alumbrado de la calle en el que se le reflejaban los diferentes tonos de los anuncios navideños. Ya comenzaban a bombardear sin descanso anuncios en la televisión sobre muñecas, juguetes, coches teledirigidos y la triste campaña de Ps3 que aparte del Little Big Planet, tiene poco más que ofrecer. Nintendo seguía fiel a sus inicios con la Wii y marcha con su Wii Music a conquistar el mercado de lo que la gente denomina "casuals". La blanca de Microsoft todavía tendría que mostrarse como la mejor alternativa, aunque para la gente que juega ya era bien conocido su catálogo.

Lo raro de esa mañana había sido la ausencia de pensamiento. Al abrir los ojos para alcanzar el despertador, en un sitio alto de la estantería que lo obligaba a hacer el esfuerzo de levantarse, no había pensado en nada. Cero. No recordaba nada de su viaje nocturno al mundo de la fantasía, los recuerdos y los remordimientos. Una sensación áspera y seca se había apoderado de su garganta y apenas un silbido agudo se dejó oír cuando intento conseguir una bocanada de aire con la boca haciendo un gran esfuerzo, el mismo que fue causante de salir despedido hacia atrás con un mareo que, aunque recostado, le hizo caer hacia el lado contrario de la pared y caer al suelo en un baile gesticular en el que su cuerpo protegido por las dos mantas y la colcha de invierno que últimamente le arropaban y a las que pensaba ya unir con alguna prenda más de ropa, cayó sobre el frío suelo. Un frío que le golpeó la cara cuando a ésta le fue detenida el efecto de la gravedad.

Una mueca de dolor se le dibujó en los labios mientras a tientas buscaba como escaparse de esa trampa que él mismo se había construido y que ahora no quería dejarle marchar. La sensación de oscuridad ya se había desvanecido, y aunque la persiana estaba bajada hasta que no quedaba el más pequeño resquicio de los agujeros, había conseguido introducirse por los laterales una leve claridad que todavía era soportable. Tras unos segundos de titubeo, pudo incorporarse y sentarse en el colchón mientras sacaba toda la ropa del camino que lo tenía que llevar afuera de su propio mundo, de su sitio privado de tranquilidad y ocio.

La sensación de frío acarició la planta de sus pies, por lo que alcanzó las zapatillas y los metió dentro. Se dirigió a la puerta todavía medio dormido, con la sensación de no haber traspasado el umbral de la realidad. Su mano jugó con el pomo de la puerta, ese tacto metálico, pero apenas consciente subió hacia arriba abrió el pestillo y volvió de nuevo a su posición. El giro se hizo demasiado lento. El miedo de lo que podría esconderse detrás de esa madera marrón medio cubierta con un antiguo póster que guardaba un sentimiento y un rostro en negativo y que todavía le hacía lamentar los errores pasados le encogía el corazón. Las bombas que insuflaban vida a su cuerpo subían y bajaban constantemente sin un ritmo prefijado.

Tras unos segundos, que parecieron minutos, horas, días, paralizado como se había encontrado muchas veces ahí delante, giró el pomo y se apartó mientras la puerta se abría hacia el interior cuando un grito largo y agudo atravesó por completo el aire clavándose en su corazón como una estaca helada y fina.

(Continuará)

martes 13 de enero de 2009

De nuevo viene a mi mente esos vivos colores que asomaron por la ventana tras una breve pero intensa ráfaga de agua cayendo del cielo. El día había sido totalmente gris y en las noticias habían anunciado que el frío siberiano que atravesaba la península había cubierto muchos lugares del frío y de ese blanco inmaculado que lleva la naturaleza. Hasta en muchos canales habían hecho hincapié en la capital, porque el aeropuerto de barajas había sido cerrado por el mal tiempo.

Aquí es otra historia. Aunque el cielo se haya cubierto de ese color sucio y de esas luces que atravesaban como lanzas todo lo que encontraban, la temperatura es de lo más agradable desde hacía ya varios días.

La historia, la de siempre. Chico, chica; esos encuentros casuales o medio premeditados que se dan en el transcurso de la cotidianidad diaria. Esas miradas que tímidas se apartan cuando los ojos de ella lo enganchan y como su sonrisa se dibujaba levemente cuando de nuevo él fija sus ojos en ella. Y todavía no se ha separado cuando él, incapaz de ganar la batalla, vuelve a girar la cabeza intentando disimular en sus quehaceres o siguiendo la conversación con el compañero. No se atreve a más, quizás porque sabe que en ese juego no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Quizás solo sean imaginaciones suyas, como muchas otras que le acompañan en los sueños: imágenes de figuras sin cara, de rostro vacío y manos heladas que parecen congelar todo a su paso, unos caminos de piedra ya cubiertos por la hierba que se abren en la explanada y cuyos destinos solo unos pocos recuerdan ya, y que se internan en unos bosques oscuros donde miles de pequeños sonidos arrastrados por el viento dan fe de la vida que se esconden en ellos y que teme salir al exterior, a esa luz que apenas da para el alma.

El olor de café recién hecho ya llega a su nariz con ese sutil aroma de caramelo, un líquido oscuro y marrón que pronto saborearían sus labios e infundiría esperanza a la llama que arde dentro de él. Oscuro como su cabello largo y liso, a veces recogido de una manera un poco presumida con un sutil lazo azul. Las veces que la había admirado en silencio, con el corazón latiéndole a mil cada vez que la pensaba. Y ahora allí estaba, con la cara un poco seria concentrada delante de la pantalla, mientras sus dedos danzaban encima del teclado, unos dedos que no podía ver por el ángulo, pero cuyo sonido le llegaban como repiqueteo de códigos cuyo su corazón todavía no había podido descifrar. Lo que daría porque en vez del trabajo, le estuviera escribiendo a él, porque en vez de palabras técnicas y de contenidos bien definidos, hablaran de cómo era ella, de como se sentía y de que ojalá sintiera lo mismo que él.

A veces la miraba de forma inocente, como si al alargar la mano tuviera miedo de que se desvaneciera delante de él, como si su sola presencia lo aliviara del dolor que sentía cuando no la tenía cerca. Se sentía feliz y dichoso.

Otras veces se dejaba llevar y recorría cada parte de su cuerpo, desde sus ojos, su boca, su cuello, alimentándose de la visión de sus manos sintiendo el tacto de sus curvas dentro de la ropa. Como sus manos frías la hacían estremecer mientras se impregnaban del calor que su piel desprendía. Como se introducían debajo del sostén mientras su boca saboreaba la suya como si su vida dependiera de ello. Y en cierto modo así era.

Ya era de noche. Las únicas luces que se veían tras las ventanas eran la de las farolas y los distintos edificios que rodeaban la facultad. Ya casi iba a ser la hora de regresar a casa. Los minutos habían pasado a ser horas dentro de esa burbuja que él se había construido para su aislamiento personal, rota sola por alguna incontinencia física de él, o un cigarrillo de ella.

Iban a despedirse, a saludarse y decirse hasta mañana, aunque no lo hicieran con palabras: una leve mirada, una media sonrisa. Los dos sabían que iban a volver a ese lugar del cual no podrían escapar durante mucho tiempo, y en éste estaba el pequeño consuelo de que en toda esa multitud se tenían el uno al otro. Quizás hasta que despertasen.

miércoles 15 de octubre de 2008

El sueño llega. Estoy en estos momentos en la situación en que uno no sabe del todo donde está. Toma puta reciprocidad. Una sensación en mi estómago, quizás debida a la ingestión de grasas, carbohidratos y fructosa “bananil” mezclada con latidos inusualmente rápidos. ¿Estoy cayendo en esa zona entre el sueño y la vigilia? Raro es que ahora mismo haga sol. Un sol que llevaba escondido varios días aunque no deja de agobiar con esa sensación pesada de bochorno a mediados de este mes de octubre en el que nunca sabes como va a amanecer.

Los párpados pesan. Tengo que hacer esfuerzos para mantenerlos abiertos. Me centro en las palabras que escucho, en la figura que hay moviéndose delante de la pared y que parece tan lejana. Una sombra de curvas apenas perceptibles por mis pupilas cansadas y desenfocadas. ¿Qué es lo que hago aquí? ¿Quién es toda esta gente? Mi cabeza se envuelve en delirios quizás de un mundo paralelo donde la atmósfera es más pura, donde el tiempo acompaña con esa justa medida de aire y olor a nácar. ¿Nácar? ¿Qué es nácar? ¿Es un o una? Parece como ese anuncio ya gastado de televisión de compresas en que las chicas, todas de buen ver todo hay que decirlo, se preguntaban a qué huelen las flores. También de una mujer de rojo que las perseguía diciendo: hola, soy tu menstruación. ¿Por qué me vienen a la cabeza todas estas imágenes cuando estoy sumido en un sitio que ni parezco conocer? Los rayos de sol sigue atravesando la ventana y haciendo translúcida las sombras que parecen como flotar en un baile idílico dedicado a algún dios olvidado ya en el tiempo, un tiempo que no volverá ya, como muchos tantos recuerdos que uno prefiere abandonar y no mirar atrás con la culpabilidad de que fueran un ser que hayamos mimado tanto tiempo y que ahora nos mira mientras su imagen se hace más pequeña en el retrovisor.

Las voces siguen entre multitud de formas de colores sin saber qué dicen. Alguna palabra suelta como asertividad o conocimiento me llegan al consciente pero soy incapaz de reconocer ni de seguir el contexto de las conversaciones que parecen murmullos vacíos debajo del agua. El tiempo parece caer en una espiral donde el principio y el final no están claros, donde no hay nada más que pensamientos que arrastran a uno por lugares sin concretar. Un mundo que se engrandece con las personalidades de los demás pero que encoje y asfixia cuando uno camina por él.

La oscuridad se apodera lentamente del lugar, y las voces se evaporan como si fueran pétalos de alguna flor que el aire se lleva a jugar a otro sitio. No creo que nadie se de cuenta de que ese cuerpo sentado ahí sea el mío, ocupando un espacio que otro sabría aprovechar mejor. Quizás uno de esos fantasmas que ahora parece acercarse a mí cuando estoy disponible para ellos, y cuyo tacto frío parecen dirigirme hacia donde reposan sus muertos ya sentimientos en espera que los pueda curar de tan angustiosa fragilidad. No sé como podré ayudarlos si no sé ni siquiera ayudarme a mí mismo y mi corazón ya no tiene nada más que decir, solo apagarse y reposar en esta oscuridad que bienvenida sea.

jueves 18 de septiembre de 2008

En esos momentos en que la melodía suena en su cabeza se deja transportar a través de una calle oscura y húmeda. Los recuerdos se funden en su mente con lo sentimientos ocultos de su corazón.

La cuerdas de una guitarra junto una voz femenina dulce y cálida le acompaña a cada paso en ese recorrido que parece no tener final, y quizás ningún principio concreto. Solo el retumbar de una batería lejana mientras a la voz se le une otra más grave y los coros inundan su corazón con la añoranza de saber que jamás tendrá un lugar que le pertenecerá y que solo puede aspirar a soñar, soñar con un nombre, soñar con una vida en la que parece que está de más.

La música sube de ritmo y las voces cada vez se oyen más fuertes, como un haz de luz que parece manar del mismo suelo y se eleva haciéndole alzar la vista y viendo como las nubes parecen abrirse para dejarlo pasar.

Las lágrimas caen por sus mejillas sin saber porqué, o quizás no quiere pensar en lo que le ha llevado hasta ese lugar, y simplemente se queda parado, admirando el cielo y sintiendo como el sabor salado se entremezcla con unas gotas de lluvia, de las que no se da cuenta, que lo envuelven, que poco a poco atraviesan su ropa abriéndose paso hasta su piel, queriendo abrigarle con ese abrazo húmedo y frío. Unas gotas que hacen brillar de una forma tan lejana el lugar con sus reflejos y donde los charcos del suelo parecen como pequeños focos de luz junto a las paredes y la acera ya mojadas.

El piano suena lento al principio cuando otra voz parece manar de la misma noche y le pide que le acompañe. Es como un susurro al que no sabe qué responder. Esa noche ha perdido tanto, y ahora no sabe si es un niño o un hombre. Un violín acompaña el solo como el lamento de un corazón lejano que quiere romper la mañana y hacerla aparecer aunque sea pedazo a pedazo.

Añora el silencio. Añora el no pensar. Su pensamiento está inmóvil, al igual que todo su cuerpo, al que lo único que parece hacerle mostrar sentimientos son las lágrimas que siguen cayendo y el ritmo de su corazón. Su respiración se pierde en el vacío de un lugar al que la felicidad no puede llegar. Un lugar remoto y perdido en la añoranza de la inocencia.

Busca y busca, pero nunca encuentra. Sus intentos han sido en vano mientras el fuego que una vez creció en su interior se pierde ya en el recuerdo por última vez. Ya nunca más volverá a ser lo que una vez fue. El tiempo para las preguntas ya acabó, y el verano se dejó atrás. Ahora que comienza el otoño sabe que al invierno no sobrevivirá. Su corazón no tiene la suficiente fuerza para volver a volar, a soñar. Lo ha intentado todo, pero no puede creer que sus sueños hayan sobrevivido. Se perdieron en la memoria de la persona que solía sonreir.

Empezar a sentirse vivo es algo que no puede permitirse. Su cuerpo comienza a perder sensibilidad allá parado. La música sigue resonando, esta vez un órgano y una guitarra junto una voz femenina que le acompaña en su silencio. La música se desvanece, y con ella todo lo que alguna vez existió.