Recuerda ese día. La sensación de soledad que te envolvió. De lágrimas contenidas en la mirada. De como tu cabeza parecía pesar más de lo normal y tus pies apenas se levantaban del suelo al andar. Recuerda ese momento. Como tu corazón se hizo añicos tan solo con una palabra y como las que salieron después de los tuyos no hacían más que aumentar la distancia que os separaba. Recuérdalo, porque son sentimientos, sensaciones que quedaron ya grabadas dentro de ti, aunque muchas veces las niegues. Forman parte de quien eres, de como temes que de nuevo te hagan daño. De como bajas la mirada tímida cuando parece que estás de más. De como la felicidad que una vez sentiste quedó olvidada tal día como hoy, aunque no te venga a la mente si era jueves o viernes. ¿O quizás miércoles? Podrías saberlo seguro, pero no quieres mirar el calendario, no quieres retroceder ese tiempo atrás porque te sientes más seguro de esta manera. Tiene gracia, crees que estás más seguro cuando eres la persona más perdida que conozco. Tu mirada se queda apagada al mirar a la gente, al mirar lo que te rodea como si nada de lo que hay más allá de ti pudiera existir.
Aquel día moriste. Pero no fue algo físico, ya que todavía estás respirando aquí y ahora mientras no puedes mantener tus ojos del todo abiertos por culpa del cansancio. Te hicieron daño, o quizás te lo buscaste tú. Sabías a lo que te exponías y sabías lo que iba a pasar. Quizás solo buscabas la manera de no arrepentirte más tarde de no haber hecho nada, pero al hacerlo quizás simplemente quisiste acabar con todo lo que te hubiera podido dar algo de felicidad y así estás ahora. Parece casi un cuadro de lo que ocurrió entonces. Diferente lugar, pero casi con las mismas personas que en aquel momento. Y mira que ha pasado tiempo. Pero esta vez ya no tienes los ojos húmedos, ni una sola lágrima parece querer aflorar del interior. Solo la nostalgia del recuerdo. Solo las palabras que quedaron en el aire y que te desgarran el estómago como un animal salvaje sediento de sangre. Últimamente parece que lees demasiadas historias de terror y ya te estás dejando llevar por fantasmas que no existen, o quizás se ecuentren dentro de tu cabeza, escondidos bajo formas que te son familiares: como un beso, como una mirada, como una rabia que te hace consumir enormes cantidades de hidratos de carbono y que solo cuando tu cuerpo ya está en las últimas parece querer aplacarse.
Piensa sobre ello. Reflexiona, si te ves capaz de hacerlo. Porque tu mente ya no se queda tranquila ni delante del televisor. Esos momentos que antes te ayudaban a escapar, a evadirte por las historias de las mentes de otros, ya casi no te hacen efecto. Y digo casi, porque a veces pareces vislumbrar la luz a final del túnel en alguna ocasión en que te vuelves a ilusionar por alguna cosa. Pero dura poco. Ya no hay marcha atrás. Sigues adelante como por inercia, paso a paso, en una constante inactividad en la que disimulas con los demás, pero que es incapaz de sacarte de donde te has metido.
Tu cuerpo tiembla, pero no es por frío, no es por miedo, no es porque te vuelvas a sumergir en la bruma de tus recuerdos donde todo está difuminado, donde apenas los colores se distinguen. Es una sensación que ya te ha pasado antes, que te hace flotar en una realidad no del todo concreta mientras tus ojos divagan intentando centrarse en algún punto para seguir bien el paso. Un paso cuya trayectoria no es demasiado recta, y con el inconveniente de un pinchazo en tu dedo gordo izquierdo que te sube por la pierna como un reloj que te marca el ritmo: tic-TAC, tic-TAC, tic-TAAAAC. Esta vez el dolor ha sido intenso, y ha hecho que te pares un segundo para intentar estirar la pierna y ajustarte el zapato en un intento por seguir en movimiento. El aire apenas te llega a los pulmones, tu sangre se licua y las células de tu cuerpo parecen pedir más de lo que tienes. No es una sensación extraña. Es como estar entre el sueño y la vigilia, el mundo apartado donde te sueles resguardar, donde los pensamientos parecen aislarte del mundo. Pero no te salva. Nada puede hacerlo, porque tú mismo ya no sabes ni lo que quieres dejar atrás. No te importa nada.
Con un suspiro prolongado, en medio de esa semioscuridad, en esa calle solitaria donde apenas las motores de los coches rompen la monotonía del silencio, miras hacia arriba y ves en un cielo donde hasta la contaminación parece borrarlo de estrellas una luna clara y sonriente en medio de todo ese caos: una luz, una guía, un lugar donde poder esbozar una sonrisa y decirse uno que no todo es tan malo, un faro que ahuyenta a los fantasmas, a nuestros miedos.
“A la mierda con todo” susurras por la timidez de que alguien más que tú lo pueda oír y dejas que los pies de nuevo tomen el paso mientras tu cuerpo vacío se funde con la calle y desaparece en medio de sensaciones extrañas.
Descansa ahora pues, ya volverás de nuevo a mí y seré otra vez tu acompañante, tu vigilante nocturno, esa persona que te observa cuando tú no te das cuenta mientras introduces la fina aguja en tu brazo y ese leve pinchazo calma tus temblores y libera tu mirada de la pesadez del cada día. Yo siempre voy a estar ahí, aunque tu corazón intente bombear tan fuerte como para librarse de mí.
Recuérdalo cuando creas que no tienes lugar a dónde volver.
Siempre voy a estar ahí, por ti.
Aquel día moriste. Pero no fue algo físico, ya que todavía estás respirando aquí y ahora mientras no puedes mantener tus ojos del todo abiertos por culpa del cansancio. Te hicieron daño, o quizás te lo buscaste tú. Sabías a lo que te exponías y sabías lo que iba a pasar. Quizás solo buscabas la manera de no arrepentirte más tarde de no haber hecho nada, pero al hacerlo quizás simplemente quisiste acabar con todo lo que te hubiera podido dar algo de felicidad y así estás ahora. Parece casi un cuadro de lo que ocurrió entonces. Diferente lugar, pero casi con las mismas personas que en aquel momento. Y mira que ha pasado tiempo. Pero esta vez ya no tienes los ojos húmedos, ni una sola lágrima parece querer aflorar del interior. Solo la nostalgia del recuerdo. Solo las palabras que quedaron en el aire y que te desgarran el estómago como un animal salvaje sediento de sangre. Últimamente parece que lees demasiadas historias de terror y ya te estás dejando llevar por fantasmas que no existen, o quizás se ecuentren dentro de tu cabeza, escondidos bajo formas que te son familiares: como un beso, como una mirada, como una rabia que te hace consumir enormes cantidades de hidratos de carbono y que solo cuando tu cuerpo ya está en las últimas parece querer aplacarse.
Piensa sobre ello. Reflexiona, si te ves capaz de hacerlo. Porque tu mente ya no se queda tranquila ni delante del televisor. Esos momentos que antes te ayudaban a escapar, a evadirte por las historias de las mentes de otros, ya casi no te hacen efecto. Y digo casi, porque a veces pareces vislumbrar la luz a final del túnel en alguna ocasión en que te vuelves a ilusionar por alguna cosa. Pero dura poco. Ya no hay marcha atrás. Sigues adelante como por inercia, paso a paso, en una constante inactividad en la que disimulas con los demás, pero que es incapaz de sacarte de donde te has metido.
Tu cuerpo tiembla, pero no es por frío, no es por miedo, no es porque te vuelvas a sumergir en la bruma de tus recuerdos donde todo está difuminado, donde apenas los colores se distinguen. Es una sensación que ya te ha pasado antes, que te hace flotar en una realidad no del todo concreta mientras tus ojos divagan intentando centrarse en algún punto para seguir bien el paso. Un paso cuya trayectoria no es demasiado recta, y con el inconveniente de un pinchazo en tu dedo gordo izquierdo que te sube por la pierna como un reloj que te marca el ritmo: tic-TAC, tic-TAC, tic-TAAAAC. Esta vez el dolor ha sido intenso, y ha hecho que te pares un segundo para intentar estirar la pierna y ajustarte el zapato en un intento por seguir en movimiento. El aire apenas te llega a los pulmones, tu sangre se licua y las células de tu cuerpo parecen pedir más de lo que tienes. No es una sensación extraña. Es como estar entre el sueño y la vigilia, el mundo apartado donde te sueles resguardar, donde los pensamientos parecen aislarte del mundo. Pero no te salva. Nada puede hacerlo, porque tú mismo ya no sabes ni lo que quieres dejar atrás. No te importa nada.
Con un suspiro prolongado, en medio de esa semioscuridad, en esa calle solitaria donde apenas las motores de los coches rompen la monotonía del silencio, miras hacia arriba y ves en un cielo donde hasta la contaminación parece borrarlo de estrellas una luna clara y sonriente en medio de todo ese caos: una luz, una guía, un lugar donde poder esbozar una sonrisa y decirse uno que no todo es tan malo, un faro que ahuyenta a los fantasmas, a nuestros miedos.
“A la mierda con todo” susurras por la timidez de que alguien más que tú lo pueda oír y dejas que los pies de nuevo tomen el paso mientras tu cuerpo vacío se funde con la calle y desaparece en medio de sensaciones extrañas.
Descansa ahora pues, ya volverás de nuevo a mí y seré otra vez tu acompañante, tu vigilante nocturno, esa persona que te observa cuando tú no te das cuenta mientras introduces la fina aguja en tu brazo y ese leve pinchazo calma tus temblores y libera tu mirada de la pesadez del cada día. Yo siempre voy a estar ahí, aunque tu corazón intente bombear tan fuerte como para librarse de mí.
Recuérdalo cuando creas que no tienes lugar a dónde volver.
Siempre voy a estar ahí, por ti.
